Resiliencia no es aguantar: Es hora de hablar claro
Por: José
Manuel Guzmán
Si hay algo que nos define a los venezolanos, algo que nos echan en cara y a la vez nos salva, es la resiliencia. Pero ¿Qué es la Resiliencia? La palabra resiliencia es un término que se puso de moda, pero no es nuevo. Originalmente, viene de la física, y es el mecanismo que hace que un material, después de que lo aprietan o lo doblan, vuelva a su forma original. Como un resorte.
Pero el asunto
se pone interesante cuando lo traemos a nuestro mundo, al de las personas, la
gente, las sociedades. Los psicólogos y los que estudian la mente lo agarraron
y lo definieron como ese proceso que nos permite adaptarnos bien a la
adversidad. Es decir, cuando nos cae un palo de agua con rayos, truenos y
centellas, un trauma, una tragedia o una amenaza (como la que vivimos aquí), no
solo es que aguantamos, sino que logramos seguir adelante y tener un desarrollo
exitoso, a pesar de lo desfavorable de las circunstancias.
Aquí está el
punto clave, y es lo que a mí me parece que se nos olvida; la resiliencia no es
un don que te cae del cielo, no es que uno nació "échale bolas" y ya.
Es un proceso dinámico. Es decir, es una mezcla de cosas internas y externas
que nos permiten sobreponernos y, de paso, transformarnos positivamente ante el
estrés. No es solo "aguantar", es superar y mejorar después de la
caída.
Y es justo ahí
donde el tema se pone político, porque si es un proceso que depende de factores
externos (como el apoyo social), ¿Qué pasa cuando el Estado, o el
"gobierno", te quita esos factores? Ahí es donde la resiliencia se
convierte en un arma de doble filo, y es lo que tenemos que desenmascarar. Se
ha convertido en una estrategia sutil, una metodología usada para distraernos
de lo que de verdad importa; hacer valer nuestro legítimo derecho a la queja y,
más importante aún, nuestro derecho a la acción. La resiliencia es nuestra, es
un don, pero no es una excusa para dejar de luchar.
Para entender
dónde estamos parados, tenemos que quitarnos el velo y mirar de frente a la
realidad. Desde hace años la lucha no es contra un “mal gobierno” es el
desmantelamiento intencional de la República, es contra una dictadura y contra
unos criminales, una catástrofe humanitaria planificada. Y salir de ahí, de ese
hueco, no es como apagar un bombillo, no es de un día para otro. Hay que
entender la mente de los malos, esa gente que, en un fenómeno psicológico que
raya en lo absurdo, ha llegado a creerse su propia paja, a vivir en la
mitomanía más descarada. Por eso, la lucha exige tiempo y una estrategia que
vaya más allá de la rabia del momento.
El liderazgo
Después de lo
ocurrido en Oslo, con la entrega del Premio Nobel de la Paz a María Corina
Machado y su discurso leído por su hija debido a la persecución política que le
impide salir del país, quedó aún más claro ante el mundo el peso real de nuestro
combate político y social. A más de uno se le movió de nuevo ese sentimiento de
que hay esperanzas. Ese hecho, por sí solo, refuerza el significado de lo que
estamos viviendo y lo que representa su liderazgo para Venezuela.
Entonces, el
camino pasa por reconocer la única figura que hoy encarna una “verdad efectiva”
de la lucha; María Corina Machado. Lograr un consenso inquebrantable en su
favor no es un acto de fe ni un capricho político; es una necesidad estratégica
impuesta por las circunstancias. En tiempos de caos, la virtud del Príncipe (o
en este caso, la Princesa) es la única que puede unificar las fuerzas dispersas
y asegurar el fin: la liberación del país. La política, como lo leemos a través
de Maquiavelo, se trata de resultados; y hoy, ella es el medio directo para
alcanzar ese fin. Discutir esto ahora es discutir el color del gato, sin
importarnos si caza o no ratones, como bien lo expresaba Mao.
Ahora, seamos
honestos; todos los que hemos estado, de una u otra forma, formando parte de la
oposición de este país, luchando en nuestras comunidades, haciendo el
activismo, el trabajo político, electoral, parroquial y de base, sabemos la
verdad. Y aquí no vale hacernos los musiús; conocíamos a nuestros líderes.
Sabíamos que todos cojeaban, no solo de una pata, sino de varias. Y es que la
política, como la vida, está llena de humanos imperfectos. Pero esa
imperfección no puede ser la excusa para no avanzar cuando, por fin, aparece
una figura que nos obliga a dejar de mirar hacia atrás.
Yo mismo lo
confieso; no lo entendí al principio. Pero hoy, con la película completa, logré
comprender las fases de la estrategia y ya estamos viendo los resultados. Hoy
no solo sabemos de lo que era capaz esta cúpula corrupta y criminal, sino que
es totalmente válido y necesario buscar el apoyo para echarlos y lograr la
libertad. Por eso, hoy reconozco que sí, ella lo logró; lo consiguió, sin
importar lo que dejaron de hacer los demás, y eso merece respeto. Es una
realidad y un hecho que nos obliga a dejar de lado las diferencias de criterio
sobre el liderazgo y a enfocarnos en lo que realmente importa; el fin, que no
es otro que encauzar de nuevo a la democracia a nuestra Venezuela, una nación
que ha soportado tanto dolor y desmantelamiento.
El debate de
fondo, el que nos exige poner todo nuestro corazón y toda nuestra inteligencia
para definir el país que queremos, debe hacerse luego de salir de esta
dictadura. Ahora, nuestra única agenda es la liberación. Una vez que hayamos
conquistado la democracia, entonces sí, tendremos todo el tiempo y el espacio
para discutir, con la pasión y la profundidad que merecen los grandes temas de
la nación. Pero no antes.
Volviendo al
tema de la Resiliencia
Hay que decirlo
sin anestesia; este gobierno siempre utilizó nuestra capacidad de aguante a su
favor. La instrumentalizaron, la convirtieron en un arma de control social. Nos
vendieron la idea de que "echarle bolas" era un acto heroico, cuando
en realidad era la única opción que nos dejaban. La verdad es que esa
resiliencia, como ya lo expresé, era totalmente orgánica. No era una estrategia
política; era pura y simple supervivencia. De hambre no nos íbamos a morir, no
nos podíamos dar el lujo de rendirnos. Teníamos que salir adelante sí o sí,
inventar, resolver, "matar tigres" y seguir parados. Esa fuerza no
nació de un discurso oficialista, sino de la necesidad más básica de un pueblo
que se niega a desaparecer.
El régimen se
aprovechó de esa nobleza y esa garra. Convirtieron nuestra virtud en su
coartada, usando nuestra capacidad de adaptación para justificar su propia
ineficiencia y su desmantelamiento del país. Por eso, el primer paso para la
liberación es reclamar nuestra resiliencia, quitarle el disfraz de resignación
y convertirla en la fuerza organizada para el cambio. Y cuando logremos
transformar esa resiliencia en acción colectiva, no será para seguir aguantando
eternamente, sino para darle sentido a tanto esfuerzo. Porque la verdadera
victoria no está en resistir, sino en conquistar el derecho a vivir con
dignidad, con futuro y con esperanza.
Yo lo digo como
venezolano, que como todos mis compañeros y los que están afuera han tenido que
echarle bolas todos los días; nuestra fuerza no nació de discursos, nació de la
necesidad. Pero ahora esa misma fuerza tiene que convertirse en organización,
en educación, en democracia viva. No podemos seguir dejando que nos usen la
resiliencia como excusa para la mediocridad.
La filosofía que
nos toca es sencilla; resistir no basta, hay que transformar. Y esa
transformación empieza por reclamar lo que somos, por levantar la voz, por
educarnos y educar a los demás, por entender que democracia no es un lujo, es
la base para que nuestros hijos no tengan que “matar tigres” como nosotros.
Ese será el
verdadero cambio, cuando la resiliencia deje de ser aguante y se convierta en
motor. Cuando el “echarle bolas” no sea solo sobrevivir, sino construir país. Y
ahí sí, más pronto que tarde, volveremos al camino de la prosperidad que nos
quitaron hace 26 años.
La voz que exige coherencia en la política venezolana
Hablando de mi
legítimo derecho a la queja, lo planteo como una voz que quiere ser escuchada. Los
venezolanos hemos visto cómo muchos liderazgos de oposición terminaron
acomodándose, negociando en silencio o vendiéndose, mientras la gente quedaba
desamparada, llena de angustia y desesperanzada.
Lo que conviene
tener claro es que todos los que vayan a ejercer el gobierno futuro en el país
deben representar un contraste real frente a la decadencia. Ese contraste solo
será posible si no se dejan arrastrar por los mismos vicios de la política
tradicional, si no se rodean de adulones ni de oportunistas que buscan acomodo
personal, y si logran demostrar que pueden ser distintos, encarnando la verdad
y la coherencia en medio de tanta impostura.
Hasta ahora, lo
que hemos visto es que María Corina Machado ha mostrado firmeza; no se ha
arrodillado ni se ha dejado corromper, y va cumpliendo con su papel en la
lucha. Esa actitud es lo que permite que la gente recupere la fe en un
liderazgo auténtico, uno que no se vende ni se doblega ante intereses
personales.
Pero lo que
aspiramos va más allá; sabemos que María Corina Machado cuenta con muchos
aliados que la están acompañando en esta gesta, y eso es vital para sostener la
fuerza del cambio. Sin embargo, también debe tener cuidado, porque en los
momentos de poder siempre aparecen los zorros y camaleones, los que buscan
beneficios propios y disfrazan su interés de apoyo. La diferencia estará en no
repetir la historia y en mantener la claridad de propósito.
Platón, en La
República, advertía que “hasta que los filósofos sean reyes en las ciudades, o
los reyes sean verdaderos filósofos, no habrá fin para los males de las
ciudades ni de la humanidad”. Esa advertencia, tan vigente hoy, nos recuerda
que el liderazgo debe ser coherente y guiado por principios; así, nuestro
trabajo durante tanto tiempo no se perderá de nuevo en una historia ya repetida
y trillada. No vinimos hasta aquí para que nos vuelvan a meter en el mismo
guion de siempre; lo que toca ahora es darle rumbo, con claridad y sin dejar
que nos engañen otra vez.
Y, siendo muy
sincero, en estos momentos siempre vuelven a mí nuestras lecturas referenciales
de juventud sobre gobernabilidad, aquellos estudios, debates y escritos
filosóficos que marcaban nuestras ideas sobre ética, política y liderazgo. Todo
lo que aprendimos entonces, entre libros, discusiones y largas horas de
reflexión, hoy sirve para interpretar la realidad venezolana; nos recuerda que
un liderazgo sin fundamento, sin visión y sin principios, está destinado a
naufragar, y que solo con coherencia, conocimiento y compromiso podremos
realmente cambiar el rumbo del país.
Formar para
no repetir la historia
La educación
tiene que ser lo primero que pongamos sobre la mesa; no como cuento de campaña
ni como promesa guardada en un cajón, sino como el bastión que nos puede sacar
de este hueco. En Venezuela ya sabemos lo que pasa cuando se improvisa; la
manipulación se repite y el atraso se hace costumbre. Por eso hablar de
educación no es fastidio ni muletilla; es la clave para que dejemos de tropezar
con la misma piedra y empecemos a levantar un futuro distinto.
Recordando
nuevamente a Platón, él decía que la educación es la base que decide si una
sociedad será justa o caerá en decadencia; no se trata solo de aprender
materias, sino de formar criterio y carácter. En nuestro caso, los niños y
adolescentes deben aprender política y valores democráticos, para que los
errores de estos años difíciles bajo el chavismo no se repitan en las futuras
generaciones. Ya sabemos cómo se deterioró la educación en estos años trágicos
de mala política y latrocinio en Venezuela, y no podemos permitir que siga así.
Lo que está en
juego no es repetir la consigna de siempre; aquí lo que toca es entender que la
educación tiene que ser política pública central, de primera línea. Hay que
enseñar política, generación de riquezas y finanzas; porque si no se forman
criterios claros desde temprano, la sociedad seguirá atrapada en el mismo guion
de siempre. La diferencia se hará cuando los niños y adolescentes aprendan a
vivir la democracia todos los días, a tomar decisiones con cabeza y corazón, y
a entender que el futuro no se construye con discursos bonitos, sino con
conocimiento, responsabilidad y ganas de hacer que las cosas funcionen.
Y si miramos
afuera, no estamos inventando el agua tibia. Chile salió de una dictadura
militar apostando por instituciones fuertes y abriendo la educación superior a
más jóvenes; Argentina, después de años de terror, entendió que sin memoria y
sin maestros preparados no había democracia que durara; Brasil, tras dos
décadas de régimen militar, levantó una Constitución que puso la educación como
derecho y abrió camino a nuevas generaciones; México, luego de años de
hegemonía autoritaria, dio el salto hacia la alternancia política con reformas
educativas que profesionalizaron a los docentes. En todos esos casos, la
educación fue el terreno donde se sembró la posibilidad de un cambio real, y
Venezuela no puede quedarse atrás.
Y esto no es
solo teoría; es fundamental para que los jóvenes vuelvan a su país, para frenar
la migración y darles oportunidades reales. Que puedan crecer económicamente,
comprar su vivienda, formar su familia y vivir en un país que funcione de
verdad. Un país con educación de calidad, con libertad real y democracia de
verdad. Solo así dejaremos de ver cómo se pierden generaciones y construiremos
un futuro donde valga la pena quedarse, soñar y trabajar por Venezuela.
Una realidad
inmediata
Esto lo digo de
manera humilde, porque sé que María Corina Machado tiene su plan “Tierra de
Gracia” y debe contar con un equipo afinado para ejecutarlo; obviamente, no se
trata de improvisación, sino de organizar con estrategia y visión clara los
primeros pasos de la nueva Venezuela.
El nuevo
gobierno debe entrar con los ojos bien abiertos y tener claro que lo primero es
atender lo más urgente: los jubilados, los trabajadores y preservar la paridad
en los programas sociales que hoy medio ayudan a millones a sobrevivir. Ignorar
esta prioridad sería un error grave; nadie puede hablar de recuperación si
quienes dependen del Estado quedan desamparados en los primeros días.
Al mismo tiempo,
es fundamental mantener ciertos elementos del gasto público que, aunque hoy
funcionen de manera paupérrima, sostienen acciones sociales básicas como salud,
alimentación, educación y servicios. No se trata de improvisar ni de ajustar
números sin plan; se trata de reconocer la realidad de la población y
garantizar que, mientras se reorganiza el país, nadie quede por fuera ni se
pierda el soporte mínimo que permite vivir con algo de tranquilidad.
Mantener un
grado de populismo no es un capricho; es una necesidad estratégica. Como
señalan expertos en gobernabilidad, atender demandas sociales en los primeros
meses de un gobierno ayuda a consolidar respaldo y legitimidad, evitando que el
descontento se convierta en oportunidad para la oposición o en crisis que
comprometa la recuperación del país. Es la manera de combinar sensibilidad
social con gobernabilidad mientras se implementan reformas profundas.
También se debe
considerar que no basta con poner en marcha políticas sociales y económicas;
hace falta un equipo que pueda leer la calle y controlar a quienes quieran
generar caos. En Venezuela sabemos cómo la tensión se puede explotar rápido, y
cualquier improvisación en ese terreno puede costarnos caro. No se trata de
caer en autoritarismos, sino de tener claro quién está intentando
desestabilizar y cómo evitar que eso frene la reconstrucción del país.
Al mismo tiempo,
esto se construye desde las bases, con la organización ya existente en nuestras
propias estructuras políticas, y con mucho cuidado, porque no queremos repetir
lo mismo que hizo el chavismo; esa anarquía comunal sin sentido ni orden. Los
liderazgos locales, las organizaciones de barrio y los movimientos ciudadanos
son quienes conocen de verdad la realidad de sus comunidades. Escucharlos,
organizarse con ellos y trabajar codo a codo permite anticipar conflictos,
reducir riesgos de disturbios y mantener la estabilidad social mientras se
aplican los cambios que el país necesita. La combinación de bases sólidas,
aliados confiables y gobierno es la única manera de que los cambios se hagan
con orden, seguridad y respaldo de la gente.
Si debemos crear
algo sui generis, lo haremos; para eso han servido estos años de lucha, nuestra
formación política, nuestro activismo. Solo así podremos decir con orgullo que
estamos refundando la sociedad venezolana, construyendo un país con orden, justicia
y oportunidades reales para todos.
Bases firmes,
país fuerte
Rescatar la
institucionalidad es la base; debemos equilibrar los poderes del Estado para
que ninguno se imponga sobre el otro y la democracia recupere su sentido real.
Es necesario poner atención a la reelección, porque cuando el poder se prolonga
demasiado, todo se pudre y se cierran las puertas al cambio.
Al mismo tiempo,
hay que sentar bases jurídicas sólidas que permitan que la riqueza de Venezuela
regrese al país y se convierta en desarrollo para nuestra gente; solo así
podremos romper el círculo de abuso y abrir paso a una Venezuela distinta, con
instituciones firmes y una sociedad que avance.
Recuperar el
dinero que hoy está represado en el exterior puede darle oxígeno inmediato a la
economía, fortalecer el bolívar, abrir confianza internacional y permitir
inversión social y productiva. Experiencias de países como Nigeria y Filipinas
muestran que, cuando los fondos regresan y se manejan con transparencia, se
convierten en una palanca poderosa para estabilizar la moneda y generar
desarrollo. En Venezuela, según organizaciones expertas en el tema, un cambio
de gobierno podría abrir espacio para un crecimiento anual de hasta 5,8%,
incluso con inflación elevada.
Nigeria logró
repatriar más de 1.200 millones de dólares y destinarlos a proyectos sociales,
y Filipinas recuperó más de 600 millones para programas rurales. Esa
experiencia demuestra que, si los recursos se manejan con transparencia y
reglas claras, generan confianza en los mercados y benefician directamente a la
población. Venezuela, con décadas de fuga de capitales y recursos bloqueados,
tiene hoy la posibilidad de que quienes asuman el gobierno quieran administrar
la renta de manera ética; sin embargo, eso no basta. Hace falta un marco
constitucional firme que obligue a que esos recursos y las nuevas inversiones
entren en un circuito blindado, con contraloría independiente, auditorías
públicas y participación ciudadana de verdad. Solo así podremos asegurar que el
dinero no se pierda otra vez en corrupción y que realmente sirva para
desarrollar al país y mejorar la vida de los venezolanos.
Hoy, por fin,
vuelve la esperanza. Se siente que hay un camino claro, para que cada esfuerzo
y cada decisión sirvan de verdad a la reconstrucción de Venezuela. No esperamos
milagros, pero sí estamos listos para poner manos a la obra con disciplina,
inteligencia y unidad.
Todo lo que
hemos vivido, el esfuerzo diario, nuestro activismo y la fuerza que nos ha
mantenido en pie, nos ha preparado para este momento. Por fin vuelve la
esperanza a Venezuela, y aquí estamos, listos para trabajar por nuestro país,
para construir con nuestras manos un futuro donde valga la pena quedarse, soñar
y luchar.
La tarea es
enorme, pero no imposible. Mientras trabajemos con claridad, justicia y
compromiso, Venezuela podrá volver a ser un país donde se pueda vivir con
dignidad, libertad y oportunidades de verdad. Aquí estamos, con esperanza
renovada, listos para hacer que este país vuelva a levantarse.
José
Manuel Guzmán
Miembro
de Red de Lideres
Comunitarios.
Comentarios
Publicar un comentario